Crítica desde Morelia 2018: MUSEO

Por Eric Ortiz García 

Así como se anuncia en los museos cuando una pieza en exhibición no es la original, por más que se le asemeje, la segunda película del mexicano Alonso Ruizpalacios, Museo, nos dice desde el inicio que se trata de una “réplica” de la historia verídica sobre los jóvenes que, en 1985, se robaron cientos de invaluables piezas del Museo Nacional de Antropología.

Ruizpalacios es explícito a la hora de alejarse de los archivos hemerográficos, se divierte con la noción de que la historia oficial no siempre es la versión autentica de los hechos (¿alguien en verdad sabe qué motivó a los protagonistas del atraco?, se pregunta el director), y en ese sentido, decide imprimirle su propio sello; no por nada en Museo existen vasos comunicantes con su ópera prima Güeros.

A partir de esto, la cinta nos introduce a Juan (Gael García) y a Wilson (Leonardo Ortizgris), dos amigos de Ciudad Satélite que no hace mucho estudiaron la carrera de veterinaria. Sin un rumbo claro -Juan, por ejemplo, no puede ejercer su profesión porque no se ha titulado-, este par de jóvenes deciden darle un giro a sus vidas en plena Navidad del año en el que ocurrió el primer sismo de un 19 de septiembre, ejecutando su plan de robar el icónico Museo Nacional de Antropología.

En estructura, Museo cumple con las características de la heist movie, porque vemos la previa al robo, la realización del plan y, eventualmente, las repercusiones. Pero es en cada una de estas etapas donde Alonso Ruizpalacios le brinda algo más a una cinta que en otras manos pudo terminar en algo mediocremente genérico o bien, en una plana recapitulación del insólito suceso.

museo poster cinema inferno

Los futuros criminales de Museo no son más que un par de “chamacos” (sí, sí, para el casi cuarentón Gael García parece que todavía es 2001, aunque no se trata de un miscast) provenientes de familias honradas de clase media, así que lo que precede al hurto se caracteriza por su color y su amena naturalidad que se sirve de la época familiar por excelencia en la que ocurrieron los hechos.

Para la magistral escena en el Museo de Antropología, Ruizpalacios primero parece evocar a la secuencia clave de la obra mayor Rififi, de Jules Dassin: en casi total silencio la tensión crece con un seguimiento detallado a los movimientos de los perpetradores, quienes de a poco y con mucho cuidado remueven el vidrio que protege a una legendaria pieza mesoamericana. Esto se complementa con una ingeniosa secuencia con rápidos y precios cortes de edición en la que los inexpertos aunque preparados jóvenes crecen su botín y dan pie a que, obviamente, tan sólo unas horas después sus acciones pasen a ser noticia y todo el país los imagine como criminales altamente sofisticados (resulta muy divertido que en realidad son un par de zopencos).

Para el “tercer acto” de su heist film, Ruizpalacios remite a su propia Güeros porque, de pronto, tenemos a dos amigos en un road trip que los llevará a cuestionarse no sólo qué sigue tras su saqueo al Museo de Antropología sino también, y naturalmente, su propia relación, con Juan fungiendo como el líder y Wilson como el más sumiso de los dos, y sus decisiones, en una vertiente con ecos de los relatos coming-of-age; esto sin mencionar un toque de metaficción.

Wilson, el narrador de Ruizpalacios, nos hace ver que el director y co-guionista ha optado por contar la que él considera una mejor versión del acontecimiento, incluso redimiendo un poco a su joven protagonista porque al final del día, Ruizpalacios, de forma relevante, pone el dedo en la llaga y parece decir que acciones como inhalar cocaína usando objetos mesoamericanos robados en el camerino de un congal acapulqueño es tan indecente como la manera en la que la historia -tanto del Museo Nacional de Antropología (incluido el famoso y condenado traslado del monolito que originalmente estaba en Coatlinchán)  como de la civilización en general- se ha ido construyendo y preservando.

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