Crítica desde Fantastic Fest 2018: LADYWORLD

Por Eric Ortiz García 

En los créditos iniciales de Ladyworld, minimalista ópera prima de Amanda Kramer, escuchamos lo que eventualmente confirmaremos como un terremoto que ha dejado atrapadas en una casa a ocho jovencitas, quienes estaban reunidas para celebrar el cumpleaños de una de ellas. Con la casa enterrada en los escombros, muy pronto este grupo de chicas -quienes no se conocen realmente- se dan cuenta que les será imposible salir y que es probable que nadie del exterior acuda a rescatarlas porque bien podrían estar en una situación de aislamiento similar.

Una cinta que se desarrollará en una sola locación, Ladyworld sugiere un escenario complicado inmediatamente, dado que la situación extrema será asimilada de maneras diferentes por cada una de las protagonistas. Al centro del ensamble está Olivia (Ariela Barer), representando la cordura, y la tímida Dolly (Ryan Simpkins), jovencita frágil que carga a todas partes una muñeca que aprecia demasiado por tratarse de una “antigüedad”; sin embargo, las ideas de estas chicas, por ejemplo la de Dolly de usar un cristal como indicador de la chica que tiene derecho a hablar, no serán bien vistas por otra facción del grupo, liderada por Piper (Annalise Basso), más engreída que Olivia y Dolly e indispuesta a aceptar a alguien más como líder de la supuesta democracia femenina.

ladyworld 1 cinema inferno

Si ya de por si resulta imposible para las chicas ponerse de acuerdo en cómo proceder, las cosas se descomponen más, naturalmente, con el paso del tiempo y el inevitable incremento de su desesperación, pero de igual forma porque Eden (Atheena Frizzell), la chica que vive en la casa y de quien era el cumpleaños, afirma que hay un hombre adentro y, eventualmente, desaparece misteriosamente. Así, Ladyworld se torna en una constante exposición de la demencia que se va apoderando gradualmente de las protagonistas, con base en una noción interesante que presenta la directora y co-guionista Kramer: la naturaleza humana, no sólo la femenina, es competitiva y egoísta, además de que detrás de la belleza siempre habrá algo de fealdad.

En ese tenor, en Ladyworld parece que la amenaza verdadera es un hombre que, de acuerdo con las ideas de Piper, está listo para aprovecharse de ellas, empero al final del día nos damos cuenta que las chicas son sus propias enemigas. Es ahí donde cabe una especie de performance lleno de locura y acciones poco racionales -i.e. Romy (Maya Hawke) texteando y hablando con un celular que no tiene batería o bien Piper y su séquito cantando una pegajosa rima- con un diseño sonoro que tiene el objetivo de inquietarnos y adentrarnos a las insanas mentes de las jóvenes, por encima de cualquier tipo de profundidad en los personajes o en la misma trama.

Ladyworld, en consecuencia, apuesta por lo ambiguo y resulta ser una experiencia un tanto frustrante que simplemente nos invita a mirar una serie de acciones producto de un encierro con poca comida, sin electricidad, lleno de suciedad, y de la cruel naturaleza humana.

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